Hijos míos… ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?
Escuchen: La tierra guarda lo que el hombre hace. El bien florece — aunque tarde. El mal regresa — siempre vuelve.
No crean que el dolor que causan desaparece. Las lágrimas que provocan pesan más que el oro, y el alma que lastiman clama al cielo antes que ustedes duerman.
Hijos… el corazón no se hizo para endurecerse como piedra, sino para ser casa donde Dios pueda descansar.
Quien engaña, quien humilla, quien roba, quien rompe lo que Dios ama… no se esconde de mi mirada.
Yo veo sus heridas. Veo sus excusas. Pero también veo lo que pueden llegar a ser.
Aún están a tiempo.
El que daña todavía puede reparar, el que hiere todavía puede pedir perdón, el que se alejó todavía puede volver.
Cuando lo hagan, el cielo no dirá “al fin”, sino: “Bienvenido otra vez, yo nunca dejé de esperarte.”