El duque estaba haciendo su trabajo.
Cada día iba a misa y comulgaba. La Iglesia católica, apostólica y romana era su casa. Su rey era Jesucristo; su madre, la Virgen de Guadalupe. Seguía al Dios de sus padres y conservaba la fe que su madre le había inculcado.
Llevaba la medalla de san Benito, una cruz sobre el pecho —con especial cariño por la cruz de Santiago— y un anillo de cruzado. Sus símbolos eran importantes para él: le recordaban a quién pertenecía, de dónde venía y cómo quería vivir. También había construido un sitio para su ducado: Duchy of Avalon.
I · La reunión
Un día recibió una propuesta de una comerciante a quien, en este cuento, llamaremos Jezabel.
El duque hizo un buen trabajo, recibió una buena remuneración y fue agradecido. Cuando la comerciante lo citó a una reunión a las trece treinta, llegó puntual. Esperaba conversar sobre el trabajo.
Pero la conversación tomó otro rumbo.
—Tú necesitas ser bautizado.
—Tienes mucha simbología.
—Tienes muy mala energía.
El duque escuchó, sorprendido. La comerciante habló de demonios y le dijo que debía asistir a su iglesia. Él había acudido a una reunión de trabajo y se encontró dando explicaciones sobre su fe.
Pero la cuestión no quedó ahí. La comerciante llegó también a atacar aquello que para él era sagrado: habló de la Virgen de Guadalupe de una manera que el duque consideró ofensiva y despectiva, y criticó la cruz de Santiago que llevaba consigo, llegando a calificarla de «demoníaca».
Para el duque, aquello no era una simple diferencia de opiniones. La Virgen de Guadalupe formaba parte de su devoción y de su identidad católica, mientras que la cruz de Santiago representaba una tradición cristiana que llevaba con orgullo y respeto. No esperaba que otra persona compartiera sus creencias, pero sí que las tratara con la misma consideración que él estaba dispuesto a ofrecer a las creencias ajenas.
No le había pedido consejo espiritual. Tampoco le había concedido autoridad sobre su conciencia.
II · Los límites
Más tarde fue a impartir una clase en la pequeña escuela de la comerciante. Llegó afectado por aquella conversación, y la sesión salió mal. Además, el grupo estaba formado por alumnos de trece años, aunque él ya había explicado que no quería trabajar con niños.
Había expresado sus condiciones: libertad de cátedra, sesiones de cuarenta y cinco minutos y una labor docente que no se confundiera con el cuidado de menores. Al terminar aquella jornada, sintió que sus límites no habían sido escuchados.
Después recibió un mensaje:
«Aquí tenemos mucho trabajo».
Para entonces, el ofrecimiento había perdido su atractivo. El duque sentía que la posibilidad de seguir trabajando venía acompañada de una exigencia: aceptar las creencias de la comerciante y permitir que ella juzgara las suyas.
También escuchó una advertencia:
«¡Te vas a quedar sin amigos con esa actitud!».
Aquellas palabras terminaron de aclararle la situación. No necesitaba convencerla de que su fe merecía respeto para poder exigir un trato respetuoso.
III · La memoria
Recordó a su madre. Tocó la cruz que llevaba sobre el pecho. Pensó en sus mañanas de misa y en todo lo que aquellos símbolos significaban para él.
Decidió cerrar la relación de trabajo y bloqueó a la comerciante.
Quedaron pendientes quinientos oros por una cancelación que debía pagarse conforme a lo acordado. El duque dejó constancia de aquella deuda junto con lo ocurrido. Poner fin a la relación de trabajo no borraba el compromiso de pago.
No deseaba continuar la discusión. Quería conservar memoria de lo sucedido y aprender de ello.
Por eso escribió este cuento.
El duque aprende.
No ataca. Pone límites. Documenta.