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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
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Juramento Ducal de Avalon

Fe · Honor · Ley · Palabra

Yo, Ricardo Santiago Bravo Cuevas, Kalki, ante Dios Todopoderoso, ante Nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes y Señor de Señores, ante la Santísima Virgen María y ante la memoria de quienes me precedieron, declaro solemnemente este juramento.

No reclamo grandeza para servirme de ella, sino responsabilidad para ponerla al servicio del bien. No tomo el título de Duque como corona de vanidad, sino como memoria de disciplina, deber, custodia y servicio. Ningún ducado está por encima del Reino de Dios; ningún blasón supera la Cruz; ninguna espada vale más que la verdad; ninguna autoridad humana puede compararse con la de Jesucristo.

I. Mi lealtad

Juro que mi primera lealtad será a Jesucristo. Ante Él doblo la rodilla; ante Él depongo toda corona. Si el orgullo quisiera alzarme, que la Cruz me recuerde al verdadero Rey, coronado de espinas. Si la fuerza se volviera soberbia, que Cristo me recuerde que el poder verdadero se manifiesta en el servicio.

«Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas.»

II. Avalon

Avalon será para mí símbolo de esperanza, restauración y búsqueda espiritual: no un reino contra el mundo, sino un ideal interior donde se guarda la memoria, se cultiva el conocimiento, la belleza tiene propósito y la espada permanece envainada mientras exista camino para la palabra.

Ser Duque de Avalon significará custodiar la fe, la familia, la amistad, la cultura, el conocimiento, la justicia y la dignidad humana.

III. Las tres estrellas, el dragón y el búho

Portaré mis tres estrellas como exigencia sobre mí mismo: Discernimiento, para distinguir verdad y apariencia; Vigilancia, para no abandonar mis responsabilidades; y Discreción, para saber que no toda batalla se libra ni toda palabra se pronuncia.

El dragón de mi emblema será fuerza dominada: que proteja, pero no devore; que vigile, pero no tiranice; firme ante la injusticia y obediente ante Dios. El búho me recordará que el conocimiento sin sabiduría puede extraviar al hombre; que cuanto aprenda sirva para enseñar y cuanto descubra, para construir.

IV. Cruz y espada

Honraré la Cruz de Santiago como señal de peregrinación, servicio y defensa de la fe. Mi espada será la palabra justa; mi escudo, la verdad; mi disciplina, la paciencia; mi victoria, conservar el honor sin perder la misericordia. No buscaré enemigos donde pueda hallar hermanos. No confundiré firmeza con crueldad. Cuando sea posible la reconciliación, preferiré la paz.

V. Historia, familia y raíces

No negaré las heridas que han formado mi camino ni me avergonzaré de las cicatrices. Cada caída recordará que pude levantarme; cada pérdida, aquello que amo; cada prueba, una página más de mis anales. No permitiré que el sufrimiento convierta mi corazón en piedra: lo transformaré, cuando pueda, en compasión.

Honraré a mi familia, guardaré memoria de quienes partieron y cuidaré a quienes aún caminan conmigo. Amaré a México y honraré la herencia española de nuestra lengua, historia y fe, sin negar la dignidad de ningún pueblo ni de ninguna persona.

VI. Palabra, justicia y servicio

Mi palabra deberá tener peso: si prometo, procuraré cumplir; si fallo, reconoceré mi falta; si debo corregirme, lo haré. Cuando padezca injusticia, buscaré primero los caminos de la ley, la razón y la palabra. Defenderé mis derechos con firmeza, sin permitir que la justicia se transforme en venganza.

Recordaré a quien esté herido, enfermo, abandonado, anciano, pobre o rechazado, pues Cristo enseñó que lo hecho al más pequeño de sus hermanos, a Él se hace.


El juramento

JURO BUSCAR LA VERDAD.
JURO PROTEGER MI PALABRA.
JURO APRENDER ANTES DE JUZGAR.
JURO SER FIRME SIN SER CRUEL.
JURO DEFENDER SIN PERSEGUIR.
JURO HONRAR A MI FAMILIA Y A MIS AMIGOS.
JURO UTILIZAR MIS TALENTOS PARA CREAR Y ENSEÑAR.
JURO QUE NINGUNA CORONA ESTARÁ POR ENCIMA DE LA CRUZ.
JURO QUE NINGUNA AUTORIDAD ESTARÁ POR ENCIMA DE CRISTO.
JURO QUE NINGUNA VICTORIA JUSTIFICARÁ PERDER MI ALMA.

Y MIENTRAS TENGA FUERZAS PARA LEVANTARME, VOLVERÉ A LEVANTARME.

Profeso que Jesucristo es mi Señor. Ante Él no soy Duque: soy un hombre que busca, que cae, que aprende y que espera misericordia. Que María Santísima me enseñe humildad; que Santiago me enseñe perseverancia; que los santos me recuerden que Dios levanta vidas imperfectas que finalmente se entregan a Él.