Un acantilado no es una piedra: es una decisión.
Aquí la roca se abre en costuras de oro viejo, y por esas grietas asoma el verde —terco, vivo— como si la tierra se negara a rendirse. No se ve el mar, pero se oye: está en las raspaduras, en las manchas que parecen sal, en esa caída que no es caída sino altura pensada.
Y al borde, uno entiende lo castellano del gesto: aguantar de pie, aunque el mundo empuje. Porque el acantilado no presume; simplemente está… y con eso basta.