En este mar azul, la Muerte no viene a cortar: viene a flotar.
Lleva flores en la frente como si fueran medallas, y los ojos —dos pozos redondos— miran hacia dentro, no hacia fuera. Abajo, el agua le devuelve un reflejo humano, como si el océano dijera: “yo también tuve piel”.
Surrealmente, parece que la calavera no amenaza: canta bajito, meciéndose entre olas, y las flores naranjas arriba son la risa del mundo… justo antes de despertar.