El regreso a Ítaca
Hay pueblos que avanzan destruyendo sus propios altares y pueblos que, después de extraviarse, aprenden a volver a casa.
La Odisea no es únicamente la historia de un navegante que intenta regresar después de una guerra. Es también la historia de una restauración.
Odiseo ha perdido durante años el gobierno efectivo de su casa. Ítaca continúa existiendo, su palacio permanece en pie y su familia conserva la memoria del rey, pero el orden legítimo ha sido alterado. Los pretendientes ocupan su mesa, consumen sus bienes y actúan como si la ausencia prolongada hubiese convertido lo ajeno en propio.
Ha perdido su centro.
Y esa diferencia es fundamental.
IUn reino puede sobrevivir aun cuando pierda su centro
Cuando Odiseo vuelve a Ítaca, no llega como conquistador extranjero.
Regresa como quien reconoce una casa que sigue siendo suya aunque haya sido deformada por los años.
Esta imagen ofrece una poderosa metáfora política.
Una nación puede conservar su territorio, sus leyes, su bandera y sus instituciones y, sin embargo, experimentar una profunda sensación de pérdida de continuidad.
Puede seguir existiendo jurídicamente mientras una parte de su población percibe que se han debilitado determinados valores que anteriormente servían como referencia:
el mérito,
el deber,
la familia,
la comunidad,
la autoridad,
la palabra dada,
la memoria histórica
y la dimensión espiritual de la existencia.
La restauración, entendida correctamente, no significa negar el presente.
Significa preguntarse qué cosas valiosas del pasado fueron abandonadas demasiado deprisa.
IIRestaurar no es retroceder
Existe una confusión frecuente entre restauración y regresión.
Regresar a Ítaca no significa regresar a Troya.
Odiseo no pretende repetir la guerra que acaba de dejar atrás. Ha aprendido demasiado durante el viaje.
Ha conocido la violencia, la soberbia, la seducción del poder, la desesperación, la pérdida y la fragilidad humana.
Por eso el hombre que vuelve no es exactamente el mismo que partió.
De la misma manera, una restauración política seria no puede consistir en reconstruir mecánicamente un siglo desaparecido.
La historia no admite semejante ingenuidad.
No podemos borrar la democracia moderna, los derechos fundamentales, el constitucionalismo, la libertad individual, la participación ciudadana ni las conquistas legítimas obtenidas después de generaciones de lucha.
Pero tampoco estamos obligados a concluir que todo lo antiguo era oscuridad y todo lo moderno necesariamente progreso.
La verdadera restauración consiste en realizar una operación mucho más difícil:
IIIEl reino no es solamente una corona
Hablar de reino puede resultar incomprensible si se reduce la palabra a un trono, una familia dinástica o una ceremonia.
Un reino es, antes que nada, una concepción del orden.
Supone que la comunidad política posee una historia anterior a cada gobierno.
Que una nación no comienza nuevamente cada seis años.
Que el Estado no pertenece al partido vencedor.
Que existen símbolos cuya función consiste precisamente en permanecer cuando cambian las mayorías.
Por eso una monarquía constitucional, allí donde funciona adecuadamente, puede ofrecer una idea particularmente interesante:
La nación permanece.
El gabinete gobierna.
La Corona representa continuidad.
El Parlamento discute.
La institución histórica recuerda que el país es más antiguo que cualquiera de sus partidos.
No se trata de afirmar que toda monarquía sea necesariamente virtuosa ni que toda república esté condenada al fracaso.
La historia ofrece ejemplos admirables y desastrosos de ambas formas de gobierno.
La cuestión que interesa a Derechazo es otra:
IVLos pretendientes y la política del botín
El gran desorden de Ítaca no consiste únicamente en que numerosos hombres pretendan casarse con Penélope.
El verdadero escándalo consiste en que viven del patrimonio de otro.
Beben de sus reservas.
Utilizan su casa.
Esperan beneficiarse de una ausencia que consideran definitiva.
Ésta es quizá una de las imágenes políticas más poderosas de la epopeya.
Toda democracia degenera cuando los cargos públicos comienzan a ser considerados un botín.
Cuando el puesto sustituye al servicio.
Cuando la lealtad personal sustituye al mérito.
Cuando el presupuesto deja de concebirse como patrimonio de la comunidad y se transforma en recompensa de grupos, facciones o clientelas.
La corrupción comienza mucho antes de que alguien robe dinero.
Comienza cuando alguien piensa:
Frente a esa mentalidad, la restauración del reino representa exactamente lo contrario:
sino como custodia.
VEl arco de Odiseo: el mérito como prueba de legitimidad
Uno de los símbolos más hermosos de la historia es el arco.
Los pretendientes desean aquello que pertenece a Odiseo, pero son incapaces de dominar el instrumento que representa su autoridad.
No basta con ocupar el salón del rey.
No basta con sentarse en su silla.
No basta con proclamar ambición.
Hay que demostrar capacidad.
Aquí aparece uno de los principios centrales de una política meritocrática:
Una nación que desprecia el mérito termina premiando la obediencia mediocre.
Y cuando la mediocridad se institucionaliza, los mejores comienzan a retirarse, emigrar o guardar silencio.
La aristocracia, en su sentido etimológico más elevado, no debería significar simplemente gobierno de quienes poseen apellido o fortuna.
Aristoi significa los mejores.
Una aristocracia intelectual y moral sería, por tanto, una sociedad que deliberadamente busca, educa y coloca en responsabilidad a sus ciudadanos más capaces.
No porque sean superiores como seres humanos.
Sino porque determinadas responsabilidades exigen preparación.
El ingeniero debe conocer estructuras.
El juez debe conocer derecho.
Y quien dirige instituciones públicas debería demostrar conocimiento, experiencia, prudencia y capacidad.
El arco de Odiseo nos recuerda algo elemental:
VIPenélope: la patria que resiste
Si Odiseo representa el retorno, Penélope representa la permanencia.
Ella no conquista territorios.
No encabeza ejércitos.
No navega mares.
Su heroísmo consiste en conservar.
Mientras todos la presionan para aceptar que el pasado ha terminado, ella mantiene abierta la posibilidad del regreso.
Su célebre tejido se convierte así en una imagen política extraordinaria.
Conservar tiempo.
Evitar una decisión irreversible mientras todavía exista esperanza.
Penélope puede representar a la patria misma:
aquello que espera mientras las generaciones pasan,
aquello que conserva memoria cuando el presente pretende declararse definitivo.
Una civilización necesita esa memoria.
Porque una sociedad sin memoria puede ser persuadida de que nació ayer.
VIITelémaco: la generación que debe recibir el reino
Pero ninguna restauración estaría completa sin Telémaco.
Porque la política no consiste solamente en recuperar lo perdido.
Consiste en transmitirlo.
El verdadero fracaso de una civilización ocurre cuando los hijos reciben instituciones que sus padres ya no saben explicar.
Una tradición que solamente puede imponerse está muerta.
Una tradición viva debe poder enseñarse.
Debe ser comprendida.
Debe ser razonada.
Debe poder enfrentarse a preguntas.
Debe mostrar por qué merece continuar.
Por eso una verdadera restauración exige educación.
Ética sin cinismo.
Religión sin fanatismo.
Patriotismo sin odio.
Autoridad sin tiranía.
Libertad sin irresponsabilidad.
Mérito sin desprecio hacia el débil.
Tradición sin miedo al conocimiento.
La misión de Telémaco no es convertirse en una copia de Odiseo.
Es recibir una herencia y hacerla propia.
VIIIEl sacrificio de la restauración
Toda restauración exige sacrificio.
Pero aquí conviene separar radicalmente el símbolo épico de la política moderna.
La violencia de La Odisea pertenece al mundo de la epopeya antigua.
Una restauración constitucional contemporánea no puede fundarse en la eliminación física del adversario.
Su sacrificio debe ser otro.
Sacrificar la corrupción.
Sacrificar el privilegio injustificado.
Sacrificar la mentira conveniente.
Sacrificar la comodidad del gobernante.
Sacrificar la obsesión partidista.
Sacrificar incluso parte del propio poder cuando las instituciones así lo exigen.
Ése es el sacrificio verdaderamente difícil.
Porque resulta mucho más sencillo derrotar a un enemigo que gobernarse a uno mismo.
IXLa Corona como servicio y no como premio
Una restauración monárquica solamente tendría sentido si la Corona dejara de entenderse como privilegio y fuese concebida como obligación.
El rey constitucional no debería ser dueño del país.
Debería ser su primer servidor simbólico.
Su autoridad moral dependería precisamente de aquello a lo que estuviera dispuesto a renunciar:
el enriquecimiento abusivo,
el capricho personal,
la venganza,
la utilización del Estado como patrimonio familiar.
Una Corona sin servicio sería solamente decoración.
Una Corona sin límites podría convertirse en abuso.
Una Corona sin responsabilidad terminaría contradiciendo aquello que pretende representar.
Por eso la propuesta monárquica de Derechazo debe ser constitucional, limitada y compatible con la representación popular.
No cancelar el Parlamento.
No destruir las instituciones republicanas útiles.
Sino introducir un principio de continuidad por encima del ciclo electoral.
XLa restauración como reconciliación
México ha conocido demasiadas ocasiones en las que una facción intentó construir el futuro declarando ilegítimo todo lo anterior.
Republicanos contra monárquicos.
Revolucionarios contra porfiristas.
Anticlericales contra católicos.
Gobiernos posteriores contra gobiernos anteriores.
Cada generación parece tentada a comenzar nuevamente la historia.
Pero una nación madura no necesita escoger eternamente entre sus muertos.
Puede reconocer grandezas y errores en todos ellos.
Puede estudiar a Juárez sin convertirlo en santo secular.
Puede estudiar a Maximiliano sin transformarlo en mártir perfecto.
Puede reconocer los abusos del Porfiriato sin negar la modernización económica.
Puede reconocer demandas legítimas de la Revolución sin romantizar toda la violencia revolucionaria.
Puede reconocer errores históricos de instituciones religiosas sin concluir que la fe debe desaparecer del espacio cultural.
XIÍtaca como proyecto político
Entonces aparece nuevamente Ítaca.
No como nostalgia.
Como destino.
Ítaca representa aquello que continúa siendo reconocible después del viaje.
Una política inspirada en esa idea tendría que preguntarse:
- ¿Qué debemos conservar?
- ¿Qué debemos restaurar?
- ¿Qué debemos reformar?
- ¿Qué debemos abandonar definitivamente?
- ¿Qué hemos aprendido después de dos siglos de experiencia republicana?
- ¿Qué elementos de la tradición monárquica podrían recuperar continuidad sin destruir libertades?
- ¿Qué valores religiosos pueden contribuir a la cultura sin convertirse en imposición?
- ¿Qué instituciones permiten premiar el mérito?
- ¿Cómo impedir que cada nuevo gobierno crea que el país comienza con él?
Éstas son preguntas mucho más importantes que la simple oposición entre monarquía y república.
Porque detrás de ellas se encuentra la verdadera pregunta:
XIIEl rey que regresa no es el mismo que partió
Odiseo vuelve transformado.
Ése es quizá el punto esencial.
La verdadera restauración nunca consiste en regresar exactamente al lugar del que partimos.
El viaje nos cambia.
México tampoco podría regresar al siglo XIX.
Ni debería hacerlo.
Pero puede mirar hacia atrás y recuperar principios cuya pérdida haya resultado costosa.
Honor.
Servicio.
Mérito.
Responsabilidad.
Familia.
Comunidad.
Espiritualidad.
Memoria.
Una monarquía constitucional moderna, si alguna vez fuese considerada democráticamente por los mexicanos, tendría que nacer precisamente de esa síntesis:
sino de lo aprendido durante el viaje.
XIIINo quemar Ítaca
Las revoluciones suelen comenzar con una promesa:
Para construir el mundo nuevo debemos destruir el viejo.
Derechazo propone considerar otra posibilidad.
Quizá no sea necesario incendiar la casa.
Quizá primero debamos averiguar qué habitaciones todavía pueden habitarse.
Qué muros necesitan reparación.
Qué tesoros permanecen escondidos.
Qué puertas deben abrirse.
Y qué cosas, efectivamente, deben ser retiradas.
Porque la verdadera restauración no es arqueología política.
No pretende vivir entre ruinas.
Pretende construir utilizando nuevamente aquellas piedras que todavía pueden sostener peso.
Epílogo
Volver a casa
Después de monstruos, tormentas, tentaciones y naufragios, Odiseo descubre que la mayor victoria no estaba en Troya.
Estaba en regresar.
Regresar a su hijo.
Regresar a su casa.
Regresar a su nombre.
Tal vez las naciones atraviesen también largas odiseas.
Viajan entre ideologías.
Experimentan revoluciones.
Derriban símbolos.
Construyen otros.
Cambian constituciones.
Inventan héroes.
Olvidan antepasados.
Y algunas veces, después de recorrer todos esos caminos, descubren que todavía existe una pregunta esperando en casa:
La restauración comienza allí.
No cuando aparece un trono.
No cuando alguien recibe una corona.
Sino cuando una comunidad recupera suficientemente su memoria como para reconocer aquello que merece ser defendido.
Ítaca no es el pasado.
Ítaca es el lugar al que podemos regresar después de haber aprendido del viaje.
no destruir para comenzar de nuevo,
sino regresar, discernir y restaurar aquello que merece permanecer.