Tomo I

La Noche del Dolor de Uther

Un rey puede perder batallas, tierras o coronas.
Pero nada pesa como ceder a un hijo al destino.

Cuando Arturo nació, el reino no celebró con festines ni con cánticos. La guerra respiraba en cada esquina, y las sombras de la traición se movían en silencio. Ese no fue un nacimiento de júbilo: fue un amanecer marcado por la espada del destino.

Uther Pendragon, temido en batalla y firme como la roca que sostiene fortalezas, sostuvo al recién nacido con manos que nunca habían temblado... hasta ese instante. En ese pequeño ser, vio el último reflejo de Ygraine. Su amor. Su herida. Su destino.

Por un instante, el rey dejó de ser rey.
Fue solo un hombre.
Un hombre cansado, marcado por guerras externas e internas.

“Si lo amas, no lo protejas — déjalo cumplir su destino.”
— Merlín

Merlín habló sin temblor alguno. No era frío, sino consciente de que si su voz flaqueaba, el destino se quebraría con ella. El mago no pedía al rey. Le exigía al padre.

Uther no respondió al principio. Solo acarició la frente del niño, como quien toca un tesoro que sabe que no podrá conservar. El silencio que siguió no fue vacío... fue resistencia.

No perdió al heredero.
Perdió la última parte de sí mismo que aún sabía amar sin armas, sin reino y sin miedo.

Cuando finalmente entregó al niño, sus manos —las mismas que habían empuñado espada contra gigantes, ejércitos y demonios de la carne y la mente— temblaron como ramas bajo invierno.

“Que me olviden todos… excepto él.”
— Último ruego de Uther

Y así, mientras Merlín se alejaba envuelto en niebla, llevando en brazos al futuro rey que aún no conocía su nombre, Uther cayó de rodillas. No ante enemigo alguno. Sino ante el precio de su corona.

Desde aquella noche, su reinado cambió. Ya no gobernó con esperanza: gobernó con peso. No por gloria.
Sino por el juramento silencioso de que un día —cuando la espada volviera a la piedra, cuando la profecía despertara— Arturo regresaría.