En Avalon se cuenta que hubo un tiempo donde la fuerza era abundante, pero la compasión era escasa. En ese tiempo, el fuego reinaba sin escuchar al corazón. Aries caminaba con la frente en alto, decidido, rápido, valiente… pero solo.
Una noche, el viento lo llevó hasta un lago profundo, tan quieto que las estrellas parecían descansar en él. No había batalla, ni enemigo, ni expectación. Solo silencio.
Aries sintió el llamado: no a luchar, sino a sentir. El agua no pedía obediencia — pedía presencia.
"No toda acción es victoria. A veces la mayor conquista… es aprender a escuchar."
Entonces Aries hizo algo que no había hecho nunca: se arrodilló. No por derrota — sino por respeto. El cáliz en su mano tembló, no por miedo, sino porque su fuego descubría un nuevo lenguaje: la empatía.
En ese instante, Aries entendió: su fuerza no era para dominar, sino para proteger. Su velocidad no era para llegar primero, sino para estar donde otros sufren. Su corazón no era llama colérica, sino faro nocturno.
"El valiente que no cuida… es solo tempestad. El valiente que protege… se vuelve guardián."
Al levantarse, el agua no apagó su fuego — lo consagró. Y el fuego de Aries dejó de ser impulso… y se volvió misión.
“Donde Aries sirve, el mundo respira.”