Guenevere siempre había sabido medir cada gesto, cada palabra, cada mirada. Virgo la había hecho precisa, impecable, casi intocable. Era la reina del orden invisible: el que mantiene al reino de pie, aunque nadie lo note.
Pero el fuego no pide permiso. Llega, rompe y reescribe. Esa noche, el deseo dejó de ser teoría y se volvió incendio. Y lo peor no fue caer, sino saber que no quería detenerse.
Virgo no peca sin conciencia: sabe lo que arriesga, lo que romperá, lo que nunca volverá a ser igual. Y aun así, cruza la línea. Porque hay verdades que solo el fuego revela.
A la mañana siguiente, la culpa no fue castigo, sino espejo: no mostraba error, sino decisión. Habría elegido el mismo beso, la misma llama, la misma traición al destino. Ese fue su secreto: la verdad ya estaba escrita en su alma.
Camelot siguió igual en apariencia, pero el equilibrio se fracturó. No por venganza, sino por verdad.
Guenevere dejó de ser reina del protocolo y se convirtió en la reina del incendio interior. Virgo en fuego: cuando la perfección decide arder, y el mundo debe acostumbrarse a la verdad.